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jueves, 11 de octubre de 2018

20 mujeres que cambiaron el rock

A algunos se les atraganta, y tal vez con algo de razón: su tendencia al exceso, su virtuosismo vocal que a veces llegaba a lo exhibicionista y, sobre todo, esa aura de mártir perteneciente al ‘club de los 27’ (es decir, a la nómina de estrellas del rock que murieron a los 27 años) hacen que Janis Joplin sea una de las cantantes de rock más citadas, mencionadas y alabadas… a veces quedándose sólo en lo anecdótico y sin comprender la auténtica medida de sus logros, que son muchos. Por algo aquí incluimos su álbum Pearl (1971) entre los discos imprescindibles de la psicodelia de San Francisco. Y por algo nos lo hemos pasado muy bien viendo Janisel documental que se estrena hoy en España dirigido por Amy Berg (Líbranos del mal, Un secreto a voces) y en el que Cat Power, nada menos, le sirve como álter ego leyendo fragmentos selectos de su correspondencia.
Aquí en estamos de acuerdo en que Janis Joplin nunca se ha visto valorada como merece, entre otras cosas, por ser una mujer. Y también sabemos que la historia de la música popular está llena de nombres femeninos que raras veces obtienen el crédito que merecen. Por cada Janis, por cada Patti Smith, cada Kim Deal (Pixies, The Breeders)cada Kim Gordon (Sonic Youth), cada Debbie Harry (Blondie) y cada Alice Glass (Crystal Castles) que llega a los titulares, podemos encontrarnos con miriadas de chicas cuyas carreras han ayudado a darle forma al ruido de nuestros amores sin apenas obtener crédito por ello. A continuación te presentamos a unas cuantas, en un repaso necesariamente incompleto: no sólo por el número de artistas incluidas, sino también porque, de haber incorporado a la avalancha de talento femenino contenida por el soul, el hip hop y el r’n’b, hubiésemos necesitado una web entera.

Wanda Jackson

No fue la primera cantante de la historia en hacer rock’n’roll, pero sí fue la primera en obtener un gran éxito del que, por entonces, era un género nuevo. Un éxito cuyo título, además, le hacía plena justicia: Fujiyama Mama (1955). Un ex novio suyo llamado Elvis Presley aprendió cuatro cosas sobre su incendiario estilo vocal, y también sobre ese look de pandillera con el que Wanda le dio un matiz urbano y matón a los códigos del country.

Odetta

Una enciclopedia viviente de la música tradicional de EE UU (especialmente de la afroamericana, claro), una espléndida guitarrista y una luminaria de la lucha por los derechos civiles, Odetta nunca fue propiamente una artista de rock.. Pero su obra fue una de las influencias que animaron a un tal Bob Dylan a dedicarse a la música. Y no sólo a Dylan: todo el revival folk de los primeros sesenta (a resultas del cual, recordemos, acabaría naciendo la psicodelia) la tuvo como su santa patrona.

Delia Derbyshire

“Vaya, la de Doctor Who“, habrá pensado más de una. Y así es: desde su laboratorio del BBC Radiophonic Workshop, esta virtuosa británica del ruido electrónico dotó de su sonoridad extraterrestre a la mítica sintonía de la serie… aunque, debido a las normas de la casa, no pudo figurar como su coautora. Además, Derbyshire fue la fundadora (junto a David Vorhaus) del proyecto White Noise, antepasado directo tanto del tecnopop como de la música industrial con su elepé An Electric Storm (1969).

Carole King

Antes de ser una cantautora de éxito gracias a su álbum Tapestry (1971), King fue la reina del Brill Building, aquel edificio neoyorquino que albergaba a las discográficas y a los compositores de alquiler. Bien en solitario, bien junto a Jerry Goffin, su pareja de entonces, esta chica de Manhattan se marcó temazos como Will You Love Me Tomorrow The Loco-Motion prácticamente sin respirar, definiendo el sonido pop de una década entera. La película Grace Of My Heart (1996), un respetuoso biopic en clave, da buena idea de su importancia.

Julie Driscoll

De presidenta del club de fans de The Yardbirds, a una de las cantantes más valiosas (y, hoy en día, algo olvidadas) del Swinging London de los 60. Como vocalista de Brian Auger & The Trinity, Julie recorrió el camino que iba del rythm’n’blues añejo a los albores del rock progresivo. Y, no contenta con eso, se marcó memorables discos de pop experimental tras casarse con el pianista Keith Tippett y rebautizarse a sí misma como Julie Tippetts. ¿Algo más? Sí: tenía, y tiene, un estilazo único, que la llevó a ser muy solicitada como modelo.

The Shaggs

“Historia triste, historia histórica”, que cantarían Eskorbuto: a las cuatro hermanas Wiggins no se les daba nada bien eso de tocar, pero su desquiciado padre las obligó a formar un grupo de rock tras recibir la predicción de que acabarían teniendo éxito. Aunque el disco resultante, Philosophy of the World (1969), no se comió un colín, la maltrecha inocencia de sus canciones lo llevó a ser reivindicado por músicos de prestigio (Frank Zappa, NRBQ) y, finalmente, a convertirse en fetiche e influencia para la escena indie de EE UU.

Annette Peacock

Del jazz a los cuartetos de cuerda, pasando por los albores del post punk y, últimamente, por el Metal de vanguardia en compañía de Sunn O))): ningún género se le resiste a esta cantante, teclista y compositora, aficionada a distorsionar su estratosférica voz usando cualquier cacharro que se le pone a tiro.  Sus álbumes Revenge (1968, grabado junto a Paul Bley), I’m The One (1972) y X-Dreams (1978) son de esos que te fríen el cerebro. Pero te lo fríen con amor.

Nico

Sí, ella cantó en el debut de The Velvet Underground. Pero también hizo mucho más que eso: zarandeada por buitres como Andy Warhol y por sus propios demonios (en especial la heroína, claro), esta artista alemana pasó de it girl a exiliada vanguardista, destrozándose el cuerpo y el alma mientras lanzaba trabajos tan formidables como The Marble Index (1968), The End… (1974) y Drama Of Exile (1985). No es para todos los públicos, pero, si conectas con ella, no te abandonará nunca.

Ann y Nancy Wilson

Hermanas y residentes en Seattle, las hermanas Wilson tenían talento a espuertas: mientras que Nancy cantaba como los ángeles, Ann era una guitarrista de raro mérito. Algo que las llevó a contarse entre las primeras frontwomen del rock duro encabezando Heart, el grupo que nos dio dos discos tan estupendos como Dreamboat Annie (1976) y Little Queen (1977). ¿Que a su posterior deriva hacia el sonido de radiofórmula le sobraron laca y hombreras? Pues sí. Pero intenta componer tú un riff como el de Barracuda, a ver si te sale…

Lita Ford

Como personas de bien que somos, aquí tenemos a Joan Jett y a Cherie Currie puestas en un altar. Pero también pensamos que la compañera y enemiga de ambas en The Runaways se merece algo más de reconocimiento: en el mundo del rock más pesadote, las heroínas del mástil se cuentan con los dedos de una mano, y si Lita se ganó su reputación en pleno auge del hair metal ochentero no fue sólo por su percha o por su voz, sino también por su talento como guitarrista. Escucha Out For Blood (1983) para comprobarlo.

Yoko Ono

Como esta casa ya le dedicó un artículo a la artista japonesa y a sus logros musicales (que son muchos), no nos extenderemos demasiado sobre ella. Baste decir que Yoko puede caer mejor o peor, pero que ni el fan más misógino de The Beatles negaría el valor de Fly (1971) y, sobre todo, de Approximately Inifinite Universe (1972), dos fabulosas cajas de sorpresas sonoras que anticiparon en muchos momentos el punk y la Nueva Ola que estaban por llegar.

Stevie Nicks y Christine McVie

Durante muchísimos años, Fleetwood Mac fueron minusvalorados como un grupo de rock blandito para treintañeros. Y, de la misma manera, su cantante fue relegada al papel de mera muñequita rockera (su teclista, ni eso). Ahora ya resulta de buen tono aceptar que Rumours (1977) y Tusk (1979) son dos discazos, pero el hecho de que Stevie y Christine eran dos compositoras espléndidas, cuyas firmas aparecen al pie de muchos de los hits de la banda, sigue siendo menos aceptado. ¿Injusto? Desde luego.

Lora Logic

Saxofonista autodidacta (es decir, que no sonaba bien, pero sonaba como nadie), Lora Logic fundó X-Ray Spex junto a la también imprescindible Poly Styrene. Algo que bastaría para darle un lugar de honor en la historia del punk, pero que palidece frente a su muy infravalorada carrera posterior. Tanto su producción al frente de Essential Logic (Beat Rythm News, 1979) como su único disco en solitario (Pedigree Charm, 1982) son pequeñas maravillas de imaginación post punk. No te los pierdas.

Alison Statton

Como miembro de Young Marble Giants, esta cantante galesa ayudó a enterrar lo que quedaba del punk (Colossal Youth, 1980). Y, fundando sus siguientes proyectos (los inmarcesibles Weekend, para empezar), invocó un estilo en las antípodas de lo rockista a base de jazz, ritmos brasileños y pop de los 60. Una profetisa de ese sophisti-pop que, con resultados tan irregulares, acabaría arrasando en los 80.

Akiko Yano

Por haber sido el cuarto vértice en la sombra de la Yellow Magic Orchestra (mediando entre su entonces marido, el temperamental Ryuichi Sakamoto, y los otros miembros del grupo), esta teclista japonesa ya se merecería que todos los aficionados al synth pop la llamasen “mamá”. Pero eso no fue todo: su carrera en solitario recorre multitud de estilos, desde la electrónica hasta el country, y le saca mucho partido a una educación musical exquisita. Ah, y Akiko también compuso la BSO de Mis vecinos los Yamada. ¿Se merece el cielo, o qué?

The Raincoats

Con raíces portuguesas (Ana Da Silva, guitarrista y cantante) y españolas (su primera baterista, Paloma ‘Palmolive’ Romero, venía de Sevilla y había tocado en The Slits), las Raincoats fueron uno de los gérmenes de lo que entonces era el punk femenino y luego pasó a llamarse ‘riot grrrl’. Y también fueron un grupo insobornable tanto en lo ético (lean esas letras…) como en lo estético, mutando con coherencia pero sin complejos a lo largo de una discografía gloriosa. Por algo Kurt Cobain las tenía como una de sus bandas de cabecera.

Wendy O. Williams

Si buscamos frontwomen de carisma brutal, dadas al exceso escénico y con propensión a romper tabúes, el tópico saca a relucir de inmediato el nombre de Patti Smith. Con todos los respetos a la autora de Horses, eso sí, su colega de los Plasmatics le daba sopas con ondas en lo que a contundencia se refiere, tanto en el aspecto visual (no hay más que ver su look, o informarse sobre sus actividades como precursora del postporno) como en el sonoro, porque Coup D’Etat (1982) sigue siendo uno de los álbumes más categóricamente brutales de la historia.

Vulpess

No pongan esa cara y admítanlo: tenían que salir. Una de las primeras all girl bands del punk español (si no la primera), este conjunto bilbotarra despertó las iras de la España más reaccionaria en 1983, a resultas de su aparición en el programa Caja de ritmos de TVE. Desde los editoriales de ABC hasta los políticos de la derecha más cavernaria (especialmente un joven muy prometedor llamado José Ignacio Wert), todos pidieron sus cabezas, ignorando un detalle esencial: no hace falta ser mujer para exclamar eso de ¡Me gusta ser una zorra! Y con convicción, además.

Kristin Hersh

La líder de Throwing Muses lo tenía todo para ser la reina de aquella escena indie de Boston que también nos dio a los Pixies: cantaba como una ménade, tocaba muy bien la guitarra y componía canciones tan redondas como las incluidas en The Real Ramona (1991) y Red Heaven (1992). Y todo ello pese a un trastorno bipolar que la llevó a vivir en la calle y a varias tentativas de suicidio. Pese a que su carrera nunca acabó de cuajar, sigue siendo una figura memorable y polifacética.

Laetitia Sadier

A mediados de los 90, Stereolab no sólo destacaban por ser uno de los grupos más originales del planeta Tierra: también llamaban la atención por tener en sus filas a un gran número de chicas que (¡cáspita!) no parecían estar a la sombra de sus compañeros varones. Tal vez en ello influyese el ideario de extrema izquierda compartido por el guitarrista Tim Gane y por esta cantante francesa, responsable de buena parte de sus composiciones y de sus baños de electrónica ruidosa.

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