domingo, 13 de agosto de 2017

Bolivia siempre ha sido un país muy particular en cuestiones culturales y artísticas, mientras por un lado afirmamos y reafirmamos nuestra identidad en ciertos aspectos, como pueden ser nuestras tradiciones, costumbres y nuestro folklore; otras expresiones culturales no han encontrado o, mejor dicho, no han recibido la importancia que realmente tienen.
El rock tiene un efecto mundial, nadie puede ni debería siquiera intentar decir que X o Z lugar o país sea el “dueño” del género de música más vanguardista que ha conocido la humanidad en su historia. Siempre habrá rock, así sea argentino, cubano, australiano, japonés, ruso o boliviano. Curiosamente y a pesar de ser una época sumamente limitada en cuestiones de comunicación y flujo de información, la década de los 50 del siglo pasado está establecida como la década que vio nacer el rock en todo el mundo, su proliferación sólo era cuestión de tiempo.
Pasaron las décadas, y el rock, con todas sus tendencias y variaciones, se afianzó más en el inconsciente colectivo, tal vez como ningún género musical en toda la historia.
Nuestro país no fue la excepción, también ingresó dentro una dinámica movida por la cultura de la “contracultura” y la rebeldía inherente del rock. Antes de que se puedan llamar rockeros, los jóvenes y los músicos nacionales ya hacían la llamada “nueva ola” y su progreso sólo fue cuestión de tiempo.
Fuimos testigos de hechos históricos que marcaron la vida política del país y que, por supuesto, tuvieron profundas incidencias en la música y demás artes. La Revolución del 52, la vida en las minas, las dictaduras, la recuperación de la democracia, el 21060, el neoliberalismo, el socialismo populista y demás tópicos sociales han marcado también a la música y en particular al rock, esto debido a su naturaleza rebelde y contestataria.
Los 60 se pintaban optimistas en cuanto a la proliferación de grandes músicos y grupos. Los 70 y sus dictaduras golpearon profundamente al rock boliviano, las persecuciones, los crímenes contra la libertad de expresión hicieron casi desaparecer al género, no sólo por factores externos, si no también internos, muchos músicos e intérpretes prefirieron dejar de hacer música o en su defecto dedicarse al folklore o a la canción latinoamericana.
Los 80 nos tratan de traer de nuevo una escena musical, además ya apoyados por los medios de comunicación y las posibilidades de conocer y escuchar lo que se hacía en el mundo de la música, donde el rock se hacía cada vez más presente e importante.
Tal vez la época cumbre del rock nacional fue la década de los 90. La Paz se convirtió en el epicentro de todo una escena dentro el rock nacional, y nacieron grupos que hoy por hoy son referentes innegables de la escena nacional: Loukass, Anadda, Dies Irae y Coda 3, por mencionar algunos. Santa Cruz también se hacía presente con una escena un poco más hard rock con bandas como Dixi o Track. Cochabamba, siempre un poco más ecléctica, veía nacer y/o crecer bandas como Sacrilegio, Los Hijos del Tío Ralf o In Vitro, sólo por mencionar algunas. Mientras que en ciudades que no forman parte del famoso “eje” también las escenas se consolidaban, tal vez la más prominente, por su condición de ciudad universitaria fue Sucre, que, con bandas como Viuda Negra, La Logia y Llajwa, también tendría una escena con características propias.
Con cierta solidez llegamos al nuevo siglo y muchas cosas habrían cambiado, para empezar, los canales de información no eran los mismos, habíamos empezado la era de la información e Internet. Esto trajo nuevas realidades de difusión y promoción, además con el avance tecnológico también las posibilidades de grabación habían cambiado. Todo parecía más sencillo en cuanto a presupuestos y capacidad económica para las bandas nacionales. Pero, por otro lado, la enorme invasión de la piratería, y junto a ello el hecho de que el rock ya no formaba parte de la difusión popular y se había alejado del “mainstream”. Esto llevó a las bandas nacionales a generar sus propios espacios, como las redes sociales, páginas propias y otras maneras que la situación lo permitía.
Es así que, en la actualidad, el rock nacional ha tenido que reinventar sus códigos para que la escena nacional no decaiga, aunque así pareciera; no se tiene la misma cabida en medios como en algún momento se llegó a tener, por ejemplo. Pero los usos de las nuevas tecnologías han permitido que no se pierda vigencia ni mucho menos, y cada día vemos nacer bandas con la idea de poder expresar ideas y sentimientos.
Santa Cruz ha crecido en la escena con bandas tan importantes a nivel nacional como Animal de Ciudad, Fiesta Cuetillo, Los Salmones, El Parche, Doble A, Querembas y muchas más.
La Paz, dentro sus propias formas, también ha creado o recreado una interesante cantidad de bandas: exintegrante de Loukass, siempre estará presente el Grillo Villegas como un verdadero referente del rock no sólo paceño, sino boliviano; la reinvención de Coda 3 para el nuevo siglo: Octavia; los desaparecidos Unit revolucionaron el nuevo siglo, también tenemos bandas en franco crecimiento como Walkman, Los Bolitas, Efecto Mandarina, Oz o los también desintegrados Atajo, sólo por mencionar algunas.
La ecléctica expresión cochabambina tiene a Oil, A Pie, Cartel Afónico, Mammut como bandas “referentes” pero la escena ha crecido vertiginosamente gracias a grupos como Mandíbula, La Poncho Blues Band, Raroneat’s, Rugir del León, Mal-amen, Pepe Padilla Ensamble, Humano, Wookie Dread, Locotos Crew, Ars3nico, Las Chicas Delfín y un enorme etcétera.
Sucre es probablemente, y como no podría ser de otra manera, la ciudad en la que el crecimiento ha sido más notorio con bandas como La Logia, La Chiva, Maldita Jakeca o Laguna Mental.
Tarija también está presente en la escena nacional con bandas como Electroshock, Los Saices o Lokotos.
No podemos dejar de mencionar bandas provenientes de Oruro como El Piojo Loco, Leocadia y el caso particular de Bajo Tierra que divide su trabajo entre Cochabamba y Oruro.
Éste es apenas un pantallazo de la escena boliviana en cuanto a rock se trata, no siendo siempre visibles y trabajando constantemente en la autogestión, el desarrollo independiente, con apoyo de algunos medios y/o publicaciones especializadas, esta escena rockera boliviana que tal vez nunca ha terminado de despegar como la argentina, la mexicana o la colombiana por usar incómodas comparaciones. Una escena que responde a nuestra realidad y a la realidad del público y productores que en la mayoría de los casos prefiere apostar por algo conocido y comercial como los tributos antes que dar una oportunidad a nuestra música, esa música que nos identifica, que nos recuerda de dónde venimos, a dónde vamos, pero principalmente dónde estamos.
Esta Bolivia y su rock merecen tiempos mejores y no podemos darnos el lujo de seguir desperdiciando tanto talento y tanta calidad. Espero que cuando nos demos cuenta de todo eso no sea demasiado tarde.
¡Viva Bolivia y su rock!
Los Tiempos/Ariel Antezana

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