viernes, 7 de diciembre de 2012


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Día atípico en Buenos Aires: tormentas, inundaciones, nubes tóxicas, medidas cautelares y Scott Weiland tocando en vivo nuevamente en la Ciudad. Pero esta vez a diferencia de sus anteriores presentaciones, el líder de los Stone Temple Pilots llegó solo a nuestro país para regalarle a todos sus fanáticos sus más grandes clásicos. Aunque la historia terminó siendo bastante diferente…
Dos horas más tarde de lo estipulado –Scott llegó a Groove alrededor de las 11 de la noche- el cantante se subió al escenario y comenzó un pequeño viaje ácido que minutos después se vería estrellado contra una dura pared de concreto. Porque más allá de su actitud –rockera por demás-, el show que trajo Weiland a Buenos Aires dejó mucho que desear.
El prometedor inicio con Crackerman no fue más que una pequeña muestra de que cuando él quiere puede. Pero, por lo menos en esta oportunidad, querer no fue suficiente. Esa tentación terminó siendo una de los únicos momentos memorables de un show que nunca llegó a tomar vuelo.
Aún así hay cosas que uno no puede objetar cuando ve a Scott Weiland arriba del escenario. Su calidad de frontman es irrefutable. Se mueve como si estuviera poseído, baila, toca la guitarra con la boca, se sube a la batería… pasa por todos los estados. Y aunque por momentos parece que se olvida su faceta de cantante, cuando refresca su memoria deja en claro porqué le puso voz a dos de los grupos más grandes de los últimos 20 años.
Entre temas de sus discos solistas como Paralysis y Killing Me Sweetly el ex Velvet Revolver cantó algunos temas de sus grupos como Do It For The Kids de su banda con los ex Guns N’ Roses y First Kiss On Mars del último disco que lanzó junto a Stone Temple Pilots.
Vasoline y Unglued fueron las canciones que guardó para cerrar su presentación en Groove. Una noche que será recordada por el fuerte temporal y por su llegada tarde, pero que seguramente no quedará en la memoria por lo que Scott hizo arriba del escenario.
Pablo Vio
Fotos: José Luis García
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